Cortometraje de terror minimalista concebido y producido en un lapso de 24 horas para un certamen de realización exprés. A partir de la consigna obligatoria "No es lo que parece", la pieza explora los límites del microrrelato audiovisual con una duración estricta de un minuto.
La dirección del proyecto involucró la gestión inmediata de talento mediante un catálogo de actores asignado en el momento, el uso autónomo de recursos técnicos y una dinámica de postproducción presencial y auditada, donde el proceso de edición se convirtió en un ejercicio de transparencia creativa ante el comité evaluador.